¿POR QUÉ NO VAS AL PSICÓLOGO?

– “¿Vas al psicólogo? Ahhh, vaya… ¿y éso?”- decía mientras fruncía el ceño y asomaba en su cara una expresión de recelo y cierta pena.

-“Pero ¿para qué vas al psicólogo? A ti no te pasa nada. Tú no necesitas eso, ¿para qué vas a ir si eso es una pérdida de tiempo y de dinero? ¿Qué problemas puedes tener tú, si estás en casa, tienes trabajo y todas las comodidades? – preguntaba mientras hacía aspavientos con los brazos y miraba a su alrededor como sin dar crédito a lo que oía.

Ir al médico de familia, al especialista, al osteópata o al nutricionista, entre otros, es algo de lo más normal, que comentamos abiertamente entre los nuestros y que incluso recomendamos si creemos que hemos topado con buenos profesionales que nos han ayudado en lo que buscábamos y que ha valido la pena la inversión en tiempo y dinero con ellos. Pero, ¿por qué ir al psicólogo parece que aún sigue siendo algo tabú?, ¿por qué ya la sola idea de pensar en que quizá una ayuda psicológica nos podría venir bien parece que suena como una insensatez que es mejor guardar para nosotros?, ¿por qué tememos que si nuestra familia o conocidos se enteran de que vamos al psicólogo ya nos van a mirar raro?

Si nos preocupamos, cada vez más, por nuestra salud y apariencia física acudiendo a los mejores profesionales, informándonos y adquiriendo aquellos productos o complementos, a veces de precios elevados, que creemos o nos hacen creer que nos proporcionarán los mejores beneficios, ¿por qué parece que nuestra salud psicológica no merece la misma atención?

Parece que no importa cómo te sientas, qué inseguridades puedas sentir, qué bloqueos puedas tener o qué recursos necesites para afrontar las muchas situaciones que se te presentan en la vida. No, todo eso es secundario, mientras que tu salud física esté bien y, muy especialmente, tu apariencia sea buena (o al menos la que esperan los demás).

El aspecto, como tantas otras cosas, es relativo, es cíclico y está casi al servicio de los demás, por lo que por mucho que nos esforcemos, invirtamos y nos empeñemos, siempre existirán nuevos criterios, metas más exigentes y modas aún más caprichosas.

Por otro lado, de sobra es conocido que la salud física está íntimamente imbricada con la psicológica, siendo interdependientes, de manera que podríamos pensar que cuidando una, indirectamente estaríamos cuidando la otra. Pero lo cierto es que esta afirmación no es absoluta, ya que por más que nos cuidemos el cuerpo con multitud de rutinas de ejercicios, con la mejor alimentación y haciéndonos revisiones periódicamente, cumpliendo con cada una de las prescripciones que nos planteen los médicos, en bien poco estaremos incidiendo en aquellos aspectos emocionales, afectivos o psicológicos que puede que nos estén generando un malestar mucho mayor que cualquier dolencia física.

Asimismo, es importante remarcar que no se trata de que nos den una simple receta para tomar unas pastillas mágicas que solucionarán todo posible malestar psicológico que nos aqueje. Podemos ingerir fármacos para la depresión, para la ansiedad o para cualquier otro tipo de trastornos psicológico, siguiendo escrupulosamente las indicaciones del profesional que los prescribe, que no estaremos más que mitigando algunos síntomas, haciéndolos más llevaderos y, en definitiva, encubriendo algo que sigue ahí, que continuará generándonos un malestar que va más allá del dolor corporal.

No es preciso sufrir un grave trastorno psicopatológico o haber vivido un evento traumático para considerar la idea de ir a terapia, pues al igual que acudimos a nuestro médico o especialista si tenemos alguna dolencia o nos encontramos mal físicamente, deberíamos recurrir a un profesional de la psicología si tenemos algún tipo de malestar psicológico o emocional, si nos encontramos bloqueados o sentimos que no somos capaces de resolver una situación y necesitamos algún tipo de orientación y ayuda para solucionarlo.

El creer que “ir al psicólogo es síntoma de debilidad porque los problemas emocionales y/o afectivos se han de resolver de manera autónoma” o la idea, aún hoy grabada en algunas mentes, de que “la psicoterapia es para el que está loco”, son, entre muchos otros, estigmas que aún hoy viene lastrando la psicología y que lleva a que muchas personas que precisarían de este tipo de intervención para mejorar su calidad de vida, no la soliciten, simplemente por el qué dirán.

Si ante un problema que nos genera malestar tratamos de utilizar nuestros propios recursos para solucionarlo y vemos que no lo logramos, ningún sentido tendrá el seguir intentándolo, aunque sea porque es lo que sabemos, porque es lo que nos ha servido en otras ocasiones para otros problemas o bien porque es lo que funcionó a otras personas. Sin duda, tratar de echar mano de nuestras capacidades, habilidades y aquellas herramientas que creemos útiles para afrontar la vida y superar los obstáculos es la mejor de las estrategias que podemos adoptar, no obstante, a la vez, debemos mantenernos abiertos y flexibles no sólo a otras formas de percibir y afrontar los problemas, sino también a que otros nos ayuden a encontrar las mejores soluciones.

La psicoterapia no es “un tratamiento” que los clientes reciben de los terapeutas (Marlatt y Gordon, 1985). Por el contrario, es una relación de trabajo entre los terapeutas y clientes, encaminada a buscar soluciones a los problemas de los clientes, más ventajosas que las que éstos están utilizando hasta este momento.

-“Ir al psicólogo no sirve para nada. Con tres palabras no se soluciona nada. ¿Qué te van a decir ahí?”- afirmaba con contundencia mientras se giraba y continuaba viendo la televisión.

Son muchos los estudios que se han hecho, y replicado, a lo largo de los años, sobre la utilidad y eficacia de los tratamientos psicológicos, pero aquí vamos a destacar el publicado por la APA (American Psychologist Association), en agosto de 2012, en el que ―recopilando la literatura científica existente (más de 140 estudios de calidad, basados en la evidencia y metaanálisis) se constató la eficacia de la psicoterapia en ensayos clínicos controlados y en contextos reales, creándose el concepto de «psicoterapia basada en la evidencia». Asimismo, otros estudios posteriores demostraron que la psicoterapia se confirma como el tratamiento más eficaz, frente al tratamiento con psicofármacos, en todos los trastornos psicológicos evaluados (un total de 12), a excepción del Trastorno Bipolar y la Esquizofrenia.

Entre los beneficios asociados a estas intervenciones psicológicas, la APA subraya su capacidad para aliviar síntomas, reducir la probabilidad de recaídas, mejorar la calidad de vida, promover el funcionamiento adaptativo en el trabajo, en la escuela y en la red social, así como facilitar el establecimiento de hábitos de vida saludables.

Las metas fundamentales que se pretenden en psicoterapia son:

  • ayudar a los clientes a superar la desmoralización y ganar esperanza
  • potenciar la sensación de dominio y auto-eficiencia del cliente
  • animar a los clientes a enfrentarse a sus ansiedades en lugar de evitarlas
  • ayudar a los clientes a ser más conscientes de sus concepciones erróneas
  • enseñar a los clientes a aceptar las realidades de la vida
  • ayudar a los clientes a adquirir “insight”

En este sentido, cabe remarcar el hecho de que las metas establecidas son a través de un acuerdo consensuado entre terapeuta y cliente y que, para garantizar los mejores resultados, el profesional deberá implicar activamente al cliente en el proceso de planificación y toma de decisiones, además de a asumir tanto la responsabilidad como el crédito de sus progresos (Thompson, 1991).

El cualquier caso, podemos enfatizar la eficacia de la psicoterapia, destacar sus objetivos y las bondades de sus resultados, podemos hablar de los enfoques y décadas de estudios que avalan esta ciencia, que nada sirve si la persona no quiere acudir. Es clave que quien decida ir a terapia psicológica lo haga porque de verdad siente que tiene un problema y que necesita ayuda profesional para que le ayude a solucionarlo. Si bien nuestro entorno (familia y amigos principalmente) puede tener gran peso en muchas de las decisiones que tomamos en nuestra vida (alguna con más acierto que otras), no nos puede imponer acudir al psicólogo, pues si decidimos ir, ha de ser, principalmente, porque nosotros queremos cambiar las cosas, queremos mejorar y afrontar la vida con mayor autonomía, seguridad y confianza. Si queremos cambiar el rumbo y tomar las riendas de nuestra vida, dar este paso por nosotros mismos, con iniciativa y entusiasmo, puede ser el mejor comienzo para conseguirlo.

Patricia Díaz (Psicoterapeuta individual y familiar – Psicóloga Forense)

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